El gas europeo se dispara un 120% y las bajas reservas elevan el riesgo de un invierno costoso
Europa entra en la recta final hacia la temporada de calefacción con los inventarios de gas en niveles históricamente bajos, mientras las olas de calor, las interrupciones de suministro y una mayor demanda eléctrica presionan los precios. El nuevo shock energético también amenaza con complicar la batalla del BCE contra la inflación.

Europa avanza hacia otro invierno potencialmente costoso después de que los precios mayoristas del gas natural acumularan un incremento cercano al 120% desde comienzos de 2026, exponiendo una vulnerabilidad que el continente consiguió reducir desde la última crisis energética pero todavía no pudo eliminar: su dependencia del gas cuando las temperaturas, la demanda eléctrica y el suministro internacional se mueven simultáneamente en la dirección equivocada.
Los futuros del TTF neerlandés, principal referencia para el gas europeo, alcanzaron aproximadamente €63,7 por megavatio hora el 18 de agosto. El nivel continúa muy lejos del extraordinario máximo de alrededor de €350/MWh registrado durante la crisis energética de 2022 tras la invasión rusa de Ucrania, pero el aumento actual se produce en un momento especialmente delicado. Europa debería estar aprovechando el verano para reconstruir sus reservas antes de la temporada de calefacción; sin embargo, las temperaturas extremas están obligando al sistema energético a consumir más gas.
Las olas de calor impulsan la demanda eléctrica a medida que hogares y empresas incrementan el uso de sistemas de refrigeración, mientras la sequía y las elevadas temperaturas reducen la generación hidroeléctrica y nuclear. Las centrales alimentadas con gas están cubriendo parte de ese déficit, aumentando la demanda del mismo combustible que los países europeos necesitan almacenar para el invierno.
Al mismo tiempo, crecieron los riesgos externos de suministro. El estrecho de Ormuz permanece efectivamente cerrado, mientras Noruega extendió interrupciones en algunos de sus yacimientos gasíferos. La combinación deja al mercado europeo con un margen limitado precisamente cuando los factores estacionales deberían facilitar la acumulación de reservas.
Europa enfrenta así una paradoja: un verano excepcionalmente caluroso puede contribuir a encarecer considerablemente el próximo invierno.
Daniel Kral, economista de Oxford Economics, advirtió que varios riesgos negativos vinculados con la oferta ya se materializaron y que los niveles de almacenamiento continúan históricamente bajos antes de la temporada de calefacción. La consultora prevé revisar en septiembre su estimación para el gas europeo y podría elevarla hasta un promedio cercano a €60/MWh durante el cuarto trimestre de 2026 y el primero de 2027, frente a los €45/MWh contemplados actualmente.
Europa es más resistente que en 2022, pero las reservas vuelven a convertirse en el punto débil
El continente llega a este escenario en una posición estructuralmente más sólida que durante la crisis energética de 2021-2022. El consumo de gas se redujo aproximadamente entre 15% y 20% respecto de 2021, la industria disminuyó su utilización, aumentó la generación renovable y las bombas de calor sustituyeron parte del gas utilizado anteriormente para calefacción. La oferta mundial de gas natural licuado también creció y Europa amplió su infraestructura para importar GNL desde diferentes proveedores internacionales.
Esos cambios reducen considerablemente la posibilidad de una escasez física. Europa puede competir por cargamentos internacionales de GNL cuando los precios suben y depende menos del volumen de gas que consumía antes de la invasión rusa de Ucrania.
Pero esa resistencia tiene límites.
La demanda continúa siendo extremadamente sensible a las temperaturas. Oxford Economics calcula que durante los períodos más fríos del invierno pasado, la reducción del consumo europeo frente a los niveles anteriores a 2021 se achicó hasta apenas 5%-10%. Europa consiguió disminuir sus necesidades normales de gas, pero un invierno excepcionalmente frío puede recuperar rápidamente buena parte de la demanda que el continente tardó años en reducir.
Por eso, el almacenamiento vuelve a transformarse en la variable central.
Los depósitos europeos estaban apenas al 57,1% de su capacidad el 1 de agosto, según datos de Gas Infrastructure Europe citados por Euronews, el nivel más bajo registrado para esa fecha dentro de la serie histórica. Las normas comunitarias continúan estableciendo como referencia un almacenamiento del 90%, aunque los países disponen ahora de mayor flexibilidad para alcanzar ese objetivo entre el 1 de octubre y el 1 de diciembre. Bruselas también contempla márgenes adicionales en condiciones difíciles de mercado, incluida la posibilidad de reducir el objetivo al 80% en determinadas circunstancias.
La importancia de las reservas excede el porcentaje en sí mismo. Los depósitos funcionan como el principal colchón europeo frente a períodos repentinos de bajas temperaturas o interrupciones del suministro internacional. Cuando están llenos, el mercado puede absorber un aumento temporal de la demanda sin competir agresivamente por cargamentos adicionales de GNL. Cuando los niveles son bajos, cada semana más fría de lo esperado aumenta la presión para conseguir suministro.
Los próximos meses dependerán, por lo tanto, en gran medida de una variable que gobiernos y compañías energéticas no pueden controlar: el clima.
Un invierno moderado permitiría atravesar el actual escenario sin grandes perturbaciones. Un período frío prolongado, en cambio, aceleraría el retiro de gas de depósitos ya debilitados y obligaría a los compradores europeos a competir más agresivamente en los mercados internacionales.
Y las consecuencias podrían extenderse mucho más allá del sector energético.
El precio del gas amenaza con convertirse nuevamente en un problema para el BCE
El encarecimiento del gas está evolucionando gradualmente hacia un problema de inflación y política monetaria.
Las variaciones de los precios mayoristas no se trasladan inmediatamente a las facturas de los consumidores porque muchas compañías compran energía con anticipación y varios mercados europeos utilizan contratos a precio fijo. Oxford Economics estima que el traslado promedio desde los precios mayoristas hacia los consumidores alcanza su mayor intensidad alrededor de seis meses después del shock inicial.
Sin embargo, esa protección disminuye si los precios permanecen elevados. A medida que vencen las coberturas y los contratos existentes, las compañías deben comprar energía a nuevos valores y parte del incremento termina llegando a hogares y empresas.
La velocidad de transmisión varía significativamente entre países. Alemania y Austria suelen utilizar contratos fijos más largos, retrasando el impacto. Francia, Italia y España reaccionan con mayor rapidez, mientras en Países Bajos el traslado es prácticamente inmediato. Italia aparece como la gran economía europea más expuesta porque combina una transmisión relativamente rápida de precios con una elevada dependencia del gas natural.
La diferencia resulta especialmente relevante porque un nuevo shock inflacionario impulsado por la energía llegaría mientras el Banco Central Europeo ya enfrenta renovadas presiones sobre los precios.
Con los actuales valores mayoristas del gas, Oxford Economics calcula que la inflación general de la eurozona podría acercarse al 3,5% durante la segunda mitad de 2026, frente a algo más del 3% contemplado en su escenario anterior. Las propias proyecciones de junio del BCE ya situaban la inflación en 3,4% durante el tercer y cuarto trimestre de 2026 debido principalmente al encarecimiento de la energía, mientras los mercados esperan ampliamente otra suba de 25 puntos básicos de las tasas en septiembre.
Las consecuencias económicas pueden así ir mucho más allá de las facturas de calefacción.
El gas más caro aumenta los costos de las industrias intensivas en energía, reduce el ingreso disponible de los consumidores y puede reforzar las presiones inflacionarias. Si el BCE responde endureciendo nuevamente su política monetaria, empresas y hogares enfrentarían simultáneamente energía más cara y mayores costos de financiación.
La combinación explica por qué el actual rally del gas está dejando de ser simplemente una historia sobre commodities.
Europa pasó los últimos años diversificando proveedores, reduciendo consumo y ampliando las energías renovables. Esas medidas disminuyeron el riesgo de repetir una crisis extrema de abastecimiento como la de 2022, pero todavía no consiguieron aislar al continente de los precios internacionales del gas ni de los efectos de un invierno severo.
La próxima temporada puede convertirse en una de las pruebas más importantes para esa nueva arquitectura energética.
Europa está considerablemente mejor preparada que hace cuatro años para evitar quedarse sin gas. La gran incógnita ahora es cuánto tendrá que pagar para mantener abastecido el sistema y qué impacto tendrá ese costo sobre la inflación, la industria y el conjunto de la economía europea.



