La inflación en España sube al 3,6% y la energía vuelve a presionar los precios

El IPC aceleró en julio hasta alcanzar su tasa anual más elevada en más de dos años. La electricidad y los combustibles explican buena parte del repunte en un contexto de renovadas tensiones sobre los mercados internacionales de energía, mientras los alimentos muestran una evolución más favorable. La divergencia plantea un nuevo desafío para España: preservar el crecimiento y el poder adquisitivo mientras regresan presiones externas sobre los costes de hogares y empresas.

13 de agosto de 2026
5 min de lectura
La inflación en España sube al 3,6% y la energía vuelve a presionar los precios

La inflación española volvió a acelerarse en julio y alcanzó el 3,6% interanual, cuatro décimas más que en junio y su nivel más elevado en más de dos años, confirmando el regreso de la energía como uno de los principales focos de presión sobre los precios.

Los datos definitivos publicados este jueves por el Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran además que el Índice de Precios de Consumo aumentó 0,3% respecto de junio, mientras la inflación subyacente —que excluye alimentos no elaborados y productos energéticos— avanzó una décima hasta el 3,0% interanual.

España acumula ya cinco meses consecutivos con una inflación superior al 3%. El encarecimiento de la electricidad y los combustibles aparece como uno de los principales responsables, en un escenario internacional nuevamente condicionado por la inestabilidad de los mercados energéticos.

La composición del aumento resulta especialmente relevante: mientras la energía vuelve a acelerar, los alimentos están aportando cierto alivio a los consumidores.

La inflación alcanza su nivel más alto desde mayo de 2024

El 3,6% registrado en julio representa un deterioro claro frente al 3,2% de junio.

El dato definitivo quedó una décima por debajo de la estimación previa, pero confirmó igualmente la tasa más elevada desde mayo de 2024.

La evolución demuestra que el shock inflacionario que dominó la economía europea después de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania todavía puede reaparecer mediante nuevos canales.

Sin embargo, la composición actual es diferente.

Los alimentos, protagonistas de anteriores episodios inflacionarios, están perdiendo presión. La energía, en cambio, vuelve a ocupar el centro del problema.

Esta diferencia será determinante para saber si el repunte se consolida o si puede revertirse rápidamente en caso de estabilización de los mercados internacionales.

La electricidad vuelve al centro del problema

El precio de la electricidad aumentó con fuerza durante el verano.

En julio se situó alrededor de 105 euros por megavatio hora, registrando su mayor incremento interanual desde el mismo mes de 2022.

La comparación resulta significativa.

En 2022, la invasión rusa de Ucrania y las posteriores alteraciones del suministro de gas provocaron una crisis energética sin precedentes recientes en Europa.

En 2026, el origen geopolítico es diferente, pero el mecanismo económico vuelve a resultar familiar.

Las interrupciones que afectan al transporte marítimo en el Mar Rojo y, especialmente, el cierre parcial del estrecho de Ormuz están introduciendo nuevas incertidumbres sobre los suministros energéticos internacionales.

El resultado vuelve a trasladarse hacia los precios europeos.

El calor extremo dispara simultáneamente el consumo

La presión energética coincide además con un verano excepcionalmente caluroso.

Las sucesivas olas de calor aumentan la utilización de aire acondicionado en viviendas, oficinas, hoteles, comercios y establecimientos industriales.

Esto significa que el consumo eléctrico crece precisamente cuando el precio de la energía ya se encuentra bajo presión.

Para los hogares, el resultado puede aparecer directamente en la factura eléctrica.

Para las empresas, especialmente aquellas vinculadas con hostelería, comercio, logística, alimentación o actividades que necesitan refrigeración, el impacto puede convertirse en un incremento significativo de costes operativos.

El episodio demuestra además cómo riesgos climáticos y geopolíticos pueden combinarse y reforzarse mutuamente.

El diésel supera el 15% de aumento y activa una rebaja fiscal

Los combustibles representan otro foco de presión.

El incremento interanual del precio del diésel superó el 15% durante julio, alcanzando el umbral previsto por el mecanismo de respuesta establecido por el Gobierno español.

Como consecuencia, se activó automáticamente una mayor reducción del impuesto sobre hidrocarburos.

La deducción pasa de 0,05 a 0,20 euros por litro consumido, dentro de las medidas aprobadas para amortiguar las consecuencias de la crisis energética relacionada con el conflicto en Irán y las alteraciones de los flujos internacionales de petróleo.

El objetivo es reducir la velocidad con la que los precios internacionales terminan llegando a familias y empresas.

La medida, sin embargo, también generó controversia política. Partidos situados a la izquierda del PSOE cuestionan que las distribuidoras estén trasladando íntegramente el beneficio a los consumidores.

Los alimentos dan un respiro

Dentro del panorama inflacionario aparece una señal positiva.

La inflación de los alimentos descendió hasta el 1,6% interanual, tres décimas menos que en junio y su nivel más bajo desde 2021, según destacó el Ministerio de Economía.

Frutas, verduras y legumbres figuran entre los productos que contribuyeron al alivio.

La evolución resulta especialmente importante para los hogares.

La alimentación representa un gasto frecuente e inevitable, por lo que los movimientos de precios en los supermercados tienen una influencia considerable sobre la percepción cotidiana de la inflación.

La moderación alimentaria puede compensar parcialmente el deterioro provocado por electricidad y combustibles.

También muestra que España no está atravesando, por el momento, una aceleración homogénea de precios en toda la cesta de consumo.

La inflación subyacente alcanza el 3%

El dato menos favorable aparece en la inflación subyacente.

El indicador aumentó una décima en julio y alcanzó el 3,0%, frente al 2,9% anterior.

Aunque el movimiento mensual es reducido, su evolución merece atención porque excluye los componentes más volátiles —energía y alimentos no elaborados— y permite observar con mayor claridad las presiones persistentes dentro de la economía.

La inflación energética puede caer rápidamente si disminuyen el petróleo, los combustibles o la electricidad.

La inflación subyacente suele resultar más resistente porque refleja la evolución de servicios, productos industriales y otros componentes.

España afronta así dos desafíos simultáneos: un nuevo shock energético externo y una inflación doméstica que todavía se mantiene claramente por encima del objetivo europeo.

El encarecimiento energético termina llegando a las empresas

Para las compañías españolas, una subida de la energía no se limita a la factura eléctrica o al combustible de los vehículos.

El impacto se transmite a través de prácticamente toda la economía.

Los fabricantes afrontan mayores costes productivos. Las empresas logísticas pagan más por sus combustibles. Los supermercados necesitan energía para refrigeración y transporte. Hoteles, restaurantes y comercios consumen más electricidad durante las olas de calor.

La cuestión decisiva será cuánto de esos costes adicionales absorben las empresas mediante menores márgenes y cuánto terminan trasladando a sus clientes.

Si las compañías pueden absorber buena parte del aumento, el impacto inflacionario podría permanecer concentrado.

Si comienzan a trasladarlo hacia otros bienes y servicios, la inflación podría volverse más persistente.

Una nueva prueba para el poder adquisitivo

España mantiene un comportamiento económico más dinámico que varias de las grandes economías de la eurozona, pero una inflación persistentemente elevada puede erosionar gradualmente los beneficios del crecimiento.

Con un IPC del 3,6%, los salarios nominales necesitan crecer por encima de ese nivel para generar una mejora general del poder adquisitivo real, aunque el impacto concreto depende de la estructura de gastos de cada hogar.

Las familias con menores ingresos suelen estar particularmente expuestas porque energía y alimentación representan una proporción mayor de sus presupuestos.

La caída de la inflación alimentaria supone por tanto un alivio importante, aunque el aumento de electricidad y combustibles puede absorber rápidamente parte de esa mejora.

Una crisis a miles de kilómetros llega al consumidor español

Los datos de julio vuelven a demostrar hasta qué punto la inflación española puede depender de acontecimientos geopolíticos producidos lejos de Europa.

El estrecho de Ormuz constituye una de las rutas energéticas más estratégicas del planeta. Cualquier interrupción prolongada puede alterar los mercados internacionales de petróleo y gas y terminar llegando a Europa mediante los combustibles, el transporte y la electricidad.

El Mar Rojo representa igualmente una ruta fundamental para el comercio entre Europa y Asia.

La inestabilidad persistente puede incrementar costes de transporte, seguros y tiempos de entrega.

España puede modificar impuestos, introducir ayudas o acelerar su transición energética, pero no puede aislar completamente su economía de estos shocks internacionales.

La energía vuelve a complicar la batalla europea contra la inflación

El repunte español llega además en un momento delicado para la eurozona.

Después del extraordinario shock de precios de comienzos de la década, Europa intenta consolidar el regreso de la inflación hacia el objetivo del 2% a medio plazo del Banco Central Europeo.

Una nueva escalada energética complica ese proceso.

Los bancos centrales pueden aumentar o reducir los tipos de interés, pero no pueden producir petróleo adicional, reabrir rutas marítimas o abaratar directamente la electricidad.

La política monetaria puede intentar, en cambio, impedir que el shock inicial termine extendiéndose hacia salarios y otros precios.

Por ese motivo, el aumento de la inflación subyacente española hasta el 3% será tan relevante como el propio repunte del índice general.

Los próximos meses determinarán si se trata de un pico o una nueva tendencia

La gran incógnita es ahora si España ha iniciado una nueva fase sostenida de aceleración inflacionaria.

Existen motivos para mantener la cautela.

Cinco meses consecutivos por encima del 3%, una inflación subyacente que vuelve a aumentar y nuevas tensiones sobre los mercados energéticos indican que los riesgos no han desaparecido.

Pero también existen factores moderadores.

Los alimentos pierden presión, determinadas categorías registran descensos y una parte importante del último repunte procede de componentes energéticos especialmente volátiles.

Si los mercados energéticos se estabilizan, la inflación general podría moderarse nuevamente.

Si las alteraciones en el estrecho de Ormuz y el Mar Rojo persisten o se intensifican, hogares y empresas podrían afrontar un período más prolongado de energía cara.

El IPC de julio deja así una advertencia que trasciende a España: después de varios años intentando dejar atrás la crisis energética, Europa vuelve a comprobar con qué rapidez un shock geopolítico puede viajar desde las principales rutas internacionales de petróleo hasta las facturas eléctricas, los surtidores y, finalmente, los precios que pagan los consumidores.

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