El verano extremo podría costarle 180.000 millones de euros a la economía de la UE en 2026

Las olas de calor, la sequía, los incendios y las alteraciones en la energía, el transporte y la agricultura podrían generar pérdidas cercanas al 1% del PIB de la Unión Europea este año, según un análisis de Triodos Bank. Francia aparece como la gran economía más afectada, mientras las consecuencias de las temperaturas extremas convierten la adaptación climática en un asunto cada vez más vinculado con la competitividad empresarial.

12 de agosto de 2026
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El verano extremo podría costarle 180.000 millones de euros a la economía de la UE en 2026

El verano excepcionalmente caluroso que atraviesa Europa amenaza con absorber prácticamente todo el crecimiento económico que la Unión Europea esperaba conseguir durante 2026.

El calor extremo y los incendios forestales podrían provocar pérdidas acumuladas de aproximadamente 180.000 millones de euros, equivalentes a cerca del 1% del PIB comunitario, según una investigación de Triodos Bank. Frente a una previsión de crecimiento cercana al 1,1%, un impacto de semejante magnitud dejaría al bloque prácticamente estancado.

La estimación muestra hasta qué punto los fenómenos meteorológicos extremos han dejado de representar únicamente un problema ambiental.

Agricultura, energía, logística, actividad industrial y productividad laboral están transmitiendo los efectos del clima directamente hacia los costes empresariales y el crecimiento de las economías europeas.

El Banco Central Europeo también viene advirtiendo que el calentamiento está aumentando la frecuencia e intensidad de las olas de calor, sequías, inundaciones e incendios, con consecuencias que alcanzan a la inflación y la estabilidad financiera.

Cuatro vías por las que el calor golpea a la economía

Triodos identifica cuatro grandes canales de transmisión.

Uno de ellos es la agricultura. La reducción de las cosechas y de la producción láctea, sumada al posterior encarecimiento de los alimentos, podría restar alrededor de 0,15% a la actividad económica.

La energía constituye otro punto vulnerable.

Las temperaturas extremas pueden limitar la generación nuclear, hidroeléctrica y térmica, mientras el exceso de calor reduce además la eficiencia de los paneles solares. El impacto combinado podría representar entre 0,12% y 0,15%.

Las alteraciones del transporte podrían restar aproximadamente otro 0,15%, debido a problemas en carreteras, ferrocarriles y vías fluviales provocados por el calor y la sequía.

Pero el mayor impacto potencial aparece en un factor menos visible: la caída de la productividad de los trabajadores.

Trabajar bajo temperaturas extremas tiene un coste

No hace falta que el calor destruya una carretera o una fábrica para producir pérdidas económicas.

Cuando las temperaturas superan aproximadamente los 25°C a 30°C, la productividad comienza a deteriorarse, especialmente en construcción, agricultura, industria, logística y otros trabajos físicamente exigentes.

Los empleados de oficinas tampoco quedan completamente protegidos.

Las altas temperaturas persistentes pueden deteriorar el sueño, la concentración y el rendimiento cognitivo, especialmente en edificios sin refrigeración adecuada.

Un análisis internacional de Allianz utilizado por Triodos estima que la producción puede caer aproximadamente 3% por cada hora trabajada y por cada grado por encima de 30°C, cuando esas temperaturas se mantienen durante varios días.

La consecuencia empresarial es importante.

La adaptación al cambio climático comienza a convertirse también en una cuestión de gestión laboral, diseño de edificios e inversión corporativa.

Francia sería la gran economía más afectada

El mayor daño económico no necesariamente se produce en los países con las temperaturas absolutas más altas.

Triodos analiza factores como el peso de los sectores expuestos al calor, los tiempos de desplazamiento al trabajo, la penetración del aire acondicionado y el grado histórico de adaptación de cada economía.

Bajo esta metodología, Francia aparece como la gran economía europea más perjudicada.

El país podría perder aproximadamente 1,4 puntos porcentuales de crecimiento, suficiente para transformar unas perspectivas ya débiles en una contracción cercana al 0,6%.

La ministra francesa de Medio Ambiente, Monique Barbut, señaló además este miércoles que las recientes olas de calor podrían costarle al país entre 10.000 y 15.000 millones de euros, considerando impactos directos e indirectos.

Los Países Bajos perderían alrededor de 0,8 puntos porcentuales, dejando su economía prácticamente sin crecimiento.

España e Italia cuentan con una ventaja: mayor adaptación

España e Italia presentan una situación diferente.

Ambos países registran una elevada proporción de trabajadores expuestos a temperaturas altas y acumulan numerosos días de calor extremo.

Sin embargo, décadas de convivencia con veranos más cálidos han generado una mayor adaptación de viviendas, empresas, trabajadores e infraestructuras.

Eso reduce el daño económico provocado por cada jornada adicional de altas temperaturas, aunque no elimina las consecuencias acumulativas de episodios cada vez más prolongados.

Polonia representa el escenario contrario.

Su penetración del aire acondicionado es relativamente reducida y la economía está menos adaptada históricamente al calor extremo. Sin embargo, un verano más fresco que en otros puntos de Europa permitiría al país mantener un crecimiento cercano al 2,9%.

La comparación deja una conclusión relevante: la vulnerabilidad económica al cambio climático depende tanto de la temperatura como del nivel de preparación.

Los incendios multiplican las pérdidas

Los incendios forestales están añadiendo otra capa de costes.

A comienzos de agosto habían ardido más de 490.000 hectáreas dentro de la Unión Europea, frente a una media de aproximadamente 197.000 hectáreas durante los últimos 20 años para ese momento del año. Francia ya había registrado una temporada récord.

Los bosques destruidos representan además activos económicos aunque su desaparición no quede reflejada inmediatamente en el PIB.

Triodos calcula que la pérdida de servicios ecosistémicos podría sumar entre 100 millones y 4.600 millones de euros adicionales.

La reducción de absorción de carbono, pérdida de biodiversidad, degradación del suelo, efectos sobre los recursos hídricos y daños al turismo forman parte de esos costes.

El coste humano queda mayoritariamente fuera del PIB

Los 180.000 millones de euros tampoco representan la totalidad del impacto.

Uno de los principales elementos que quedan fuera de esta estimación es la mortalidad.

Durante la ola de calor de junio se estimaron alrededor de 20.400 muertes relacionadas con las altas temperaturas solamente en Francia, Alemania, España e Italia.

Para el conjunto del verano, el análisis trabaja con aproximadamente 25.000 fallecimientos. Si se asigna un valor económico a los años de vida perdidos, el coste adicional se situaría entre 1.500 y 7.000 millones de euros.

Estas cifras muestran las limitaciones de utilizar exclusivamente el PIB para evaluar los efectos económicos del clima.

La presión sobre los sistemas sanitarios, las muertes, la destrucción de ecosistemas y el deterioro de la calidad de vida pueden representar enormes costes sociales sin aparecer plenamente en las estadísticas convencionales.

El sistema energético europeo también queda expuesto

Las temperaturas extremas plantean problemas particulares para el sistema energético.

Las centrales nucleares necesitan grandes cantidades de agua para refrigeración y pueden verse obligadas a reducir producción cuando los ríos alcanzan temperaturas demasiado elevadas.

La generación hidroeléctrica disminuye cuando las sequías reducen los niveles de embalses y cursos de agua.

Las plantas térmicas convencionales pueden afrontar problemas similares de refrigeración.

Incluso los paneles solares pierden eficiencia bajo temperaturas excepcionalmente altas.

Al mismo tiempo, hogares y empresas consumen más electricidad para refrigerarse.

El resultado es una combinación especialmente complicada: el calor puede reducir la oferta energética al mismo tiempo que dispara la demanda.

De la sequía al supermercado

La agricultura conecta directamente los fenómenos climáticos con el bolsillo de los consumidores.

Las temperaturas extremas y la escasez de agua pueden reducir cosechas, perjudicar la productividad ganadera e incrementar las necesidades de irrigación.

Cuando cae la producción, los efectos terminan trasladándose a los precios.

El BCE ya ha señalado cómo anteriores sequías en España e Italia contribuyeron a fuertes aumentos en determinados alimentos. En enero de 2024, por ejemplo, el precio del aceite de oliva se encontraba aproximadamente 50% por encima del nivel registrado un año antes tras las graves sequías.

Los shocks climáticos pueden, por tanto, generar una combinación particularmente incómoda: menos crecimiento y más inflación.

El riesgo climático se transforma en riesgo financiero

Las consecuencias llegan también a las finanzas públicas.

El BCE advierte que los desastres relacionados con el clima pueden aumentar el gasto público mediante reconstrucciones, ayudas de emergencia y medidas de apoyo a hogares y empresas.

Al mismo tiempo, las interrupciones de actividad pueden reducir la recaudación tributaria.

En determinadas circunstancias, estos shocks pueden incluso incrementar el coste de financiación de los Estados, especialmente en países que ya presentan niveles elevados de deuda.

El cambio climático entra así cada vez más en los cálculos de bancos centrales, aseguradoras, inversores y reguladores financieros.

La adaptación podría reducir las pérdidas en un 40%

La investigación de Triodos estima que las medidas de adaptación podrían disminuir aproximadamente 40% las pérdidas de productividad relacionadas con el calor.

La reducción sería considerable, aunque insuficiente para eliminar por completo las consecuencias de veranos progresivamente más extremos.

La adaptación incluye desde refrigeración e infraestructura verde urbana hasta redes eléctricas más resistentes, mejor gestión del agua, cambios en los horarios laborales, aislamiento de edificios y sistemas de transporte preparados para soportar temperaturas superiores.

Para los gobiernos, muchas de estas medidas requieren grandes inversiones públicas.

Para las empresas, sin embargo, cada vez pueden entenderse más como inversiones convencionales en competitividad.

Una fábrica que puede seguir produciendo durante una ola de calor, un centro logístico que mantiene sus operaciones o una oficina capaz de preservar la productividad de sus empleados poseen una ventaja económica frente a competidores menos preparados.

El cambio climático se convierte en un problema de competitividad europea

La estimación de 180.000 millones de euros muestra hasta qué punto está cambiando el debate económico alrededor del clima.

Europa ya no analiza únicamente cuánto podría costarle el calentamiento global dentro de varias décadas.

Las consecuencias están apareciendo ahora en producción, productividad laboral, alimentos, energía, infraestructura, logística y finanzas públicas.

La cuestión para gobiernos y empresas pasa así de preguntarse si será necesario adaptarse a determinar con qué velocidad pueden realizarse las inversiones necesarias para reducir la exposición económica.

La reducción de emisiones continúa siendo indispensable porque la adaptación tiene límites. Pero el verano de 2026 demuestra que la resiliencia climática ya posee un valor económico propio.

Si la estimación de Triodos se aproxima al resultado final, el calor extremo podría consumir prácticamente el equivalente a todo un año de crecimiento previsto para la Unión Europea.

El verano abrasador de Europa deja así una advertencia que trasciende la política climática: en un continente cada vez más caliente, resistir los fenómenos meteorológicos extremos se está convirtiendo en una condición fundamental para seguir siendo competitivo.

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