Marcelo Elizondo: “El acuerdo con la UE cambia la matriz del Mercosur y abre un nuevo ciclo de comercio e inversión”
En una entrevista exclusiva con EUBizNews, el especialista en comercio exterior Marcelo Elizondo sostiene que el acuerdo UE-Mercosur puede transformar al bloque sudamericano de un mercado orientado hacia adentro en una plataforma de inserción global, impulsar las inversiones europeas en Argentina y profundizar la relación económica entre Europa y América Latina.

El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur puede marcar un punto de inflexión estructural en la relación económica entre Europa y América del Sur, al transformar a un bloque históricamente orientado hacia su propio mercado en una plataforma de comercio internacional, inversión e integración con las cadenas globales. Después de más de 25 años de negociaciones, su impacto podría terminar siendo considerablemente mayor que una simple reducción de aranceles.
Así lo plantea Marcelo Elizondo, consultor especializado en comercio exterior y conferencista internacional, quien en diálogo con EUBizNews consideró que el acceso preferencial al mercado europeo abre una oportunidad para redefinir el papel del Mercosur dentro de la economía mundial. Para Argentina, en particular, la nueva etapa puede generar oportunidades tanto para sus exportaciones como para la llegada de inversiones europeas en sectores que van desde el agro y los servicios hasta la energía y los minerales críticos.
“El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea cambia la matriz del Mercosur”, afirmó Elizondo. “Hasta ahora ha sido un bloque cerrado, endocéntrico, esencialmente orientado a la integración de sus miembros, pero no una plataforma hacia terceros mercados.”
La vinculación con un mercado europeo de alrededor de 450 millones de consumidores con elevado poder adquisitivo modifica esa ecuación. Elizondo señaló que las proyecciones oficiales argentinas contemplan un crecimiento de aproximadamente 70% del comercio entre ambos bloques durante los próximos cinco años, con Argentina especialmente bien posicionada en actividades donde ya cuenta con ventajas competitivas.
La agricultura y la producción pecuaria aparecen entre los sectores más evidentes, aunque el especialista plantea un escenario considerablemente más amplio. Agroalimentos, minería, energía, economías regionales y servicios podrían beneficiarse de un mayor acceso a Europa, extendiendo el impacto del acuerdo más allá de las exportaciones tradicionales.
El desafío será transformar ese acceso comercial en nueva capacidad productiva. Un tratado puede reducir aranceles y facilitar operaciones, pero las empresas necesitan inversiones, financiamiento, infraestructura y condiciones competitivas dentro del país para responder al aumento de la demanda. En ese sentido, el acuerdo UE-Mercosur podría terminar siendo tan relevante para los movimientos de capital como para el propio intercambio comercial.
La inversión europea puede convertirse en uno de los grandes efectos del acuerdo
Elizondo considera que el nuevo escenario puede actuar como catalizador de inversiones europeas en Argentina y América del Sur, siguiendo un patrón observado en otros mercados donde la Unión Europea desarrolló relaciones comerciales preferenciales.
“La inversión va hacia donde hay acceso a mercados”, explicó. Aunque el acuerdo tiene una naturaleza fundamentalmente comercial, la posibilidad de producir dentro de una economía con acceso preferencial a un mercado de la dimensión europea modifica las decisiones de inversión de largo plazo.
Para Argentina, esa dinámica puede ser especialmente relevante en energía, minería, agroindustria y servicios. El país dispone de importantes recursos de litio, cobre y gas natural, una enorme capacidad agroalimentaria y un sector de economía del conocimiento con posibilidades de expansión internacional. Esos activos coinciden cada vez más con las prioridades europeas de diversificar el abastecimiento de energía, alimentos, minerales críticos y otros insumos estratégicos.
Sin embargo, Elizondo advierte que contar con recursos no garantiza por sí mismo la llegada de capital. Argentina debe construir las condiciones internas necesarias para transformar esas ventajas en una estrategia exportadora sostenible. La primera condición es el ordenamiento macroeconómico.
“Argentina, en primer lugar, tiene que ordenar su macroeconomía, porque no se puede competir si la macroeconomía no está ordenada”, sostuvo. En su evaluación, el país avanza en esa dirección, aunque el proceso todavía debe consolidarse.
La previsibilidad institucional constituye otro requisito central. Una compañía que analiza inversiones de largo plazo, especialmente en minería, energía o infraestructura, necesita reglas suficientemente estables para comprometer capital en proyectos cuyos retornos pueden demorar años. A eso se suma la necesidad de continuar con la desregulación, ya que Elizondo considera que persisten costos regulatorios y burocráticos que afectan la competitividad.
El ordenamiento macroeconómico también deberá traducirse en mejores condiciones de financiamiento para el sector productivo. Argentina necesita aumentar tanto la inversión local como la internacional para ampliar su capacidad de producción, y un mercado de crédito más profundo será fundamental para que las compañías nacionales puedan aprovechar las oportunidades abiertas en Europa.
En definitiva, las reformas convergen sobre una misma necesidad: aumentar la capacidad productiva y hacerlo competitivamente. El acceso preferencial pierde valor si las empresas no pueden escalar, incorporar tecnología, financiar inversiones o satisfacer las exigencias de sus compradores.
El acuerdo llega además en un momento de profunda transformación geopolítica. Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, el aumento de aranceles, los subsidios industriales y la reorganización de las cadenas globales de suministro alimentaron la percepción de que el mundo avanza hacia un período más proteccionista. Elizondo, sin embargo, señala que el comercio internacional continúa mostrando una fuerte capacidad de expansión y destaca que alcanzó aproximadamente US$35 billones en 2025, pese a la proliferación de restricciones.
En ese escenario, UE-Mercosur representa una respuesta distinta frente a la fragmentación: integración económica institucionalizada en lugar de repliegue. Mientras algunas economías levantan barreras, Europa y América del Sur avanzan hacia un marco destinado a reducirlas.
La relación puede adquirir así un valor estratégico mayor. Europa necesita diversificar proveedores y fortalecer su seguridad económica; América Latina necesita inversión, tecnología y acceso a mercados de alto valor. Esa complementariedad resulta especialmente clara en energía, alimentos y minerales críticos, donde las necesidades europeas coinciden con algunas de las principales ventajas productivas sudamericanas.
La oportunidad, por lo tanto, no consiste necesariamente en que América Latina deba elegir entre Estados Unidos, China o Europa. Una relación más profunda con la UE puede permitir a la región diversificar sus propios vínculos internacionales y, simultáneamente, ofrecer a Europa una posición más sólida en una región donde China amplió significativamente su presencia comercial.
Pero el acceso europeo tiene otra cara. Menores aranceles no significan menores exigencias regulatorias. Las empresas latinoamericanas que quieran vender más en la UE deberán cumplir estándares ambientales, sanitarios, técnicos y de trazabilidad particularmente rigurosos.
“Europa es un mercado que se abre con el acuerdo, con grandes oportunidades, pero es muy exigente en términos de regulaciones no arancelarias”, señaló Elizondo.
Para los exportadores, esto puede funcionar simultáneamente como barrera y ventaja competitiva. Adaptarse requiere inversiones en certificaciones, tecnología, trazabilidad y procesos productivos, lo que eleva inicialmente el costo de ingreso. Otros mercados pueden presentar requisitos regulatorios menos exigentes, incluso cuando mantienen aranceles superiores.
Sin embargo, una compañía capaz de cumplir con algunos de los estándares ambientales, sanitarios y técnicos más estrictos del mundo también obtiene una credencial comercial valiosa. En un comercio global donde compradores e inversores exigen cada vez más transparencia sobre el origen y las condiciones de producción, adaptarse a Europa puede fortalecer la competitividad de las empresas latinoamericanas también en otros destinos.
Hacia 2030: una relación basada en ecosistemas de inversión y producción
De cara a 2030, Elizondo imagina una relación económica entre Europa y América Latina mucho más profunda que un simple incremento de exportaciones e importaciones. Su escenario contempla mayor comercio de bienes y servicios, más inversión europea en Argentina y América del Sur y, al mismo tiempo, una expansión de empresas argentinas y latinoamericanas hacia el mercado europeo.
“Imagino mucha más integración. Va a haber mucho más comercio de bienes y servicios, mucha más inversión receptiva, es decir, inversión europea llegando aquí, y también más inversión emisiva, con empresas argentinas invirtiendo en Europa”, afirmó.
Esa circulación bidireccional del capital representaría una evolución importante. Europa ha sido históricamente uno de los principales orígenes de inversión extranjera en América Latina, pero una nueva etapa de integración podría permitir que más empresas de la región utilicen también al mercado europeo como plataforma de expansión, asociaciones e internacionalización.
Elizondo vincula esa posibilidad con un cambio más amplio en la propia organización de los negocios internacionales. La economía global ya no funciona exclusivamente mediante cadenas de valor lineales, donde un país aporta materias primas y otro fabrica el producto final. Cada vez más, las compañías participan en ecosistemas que conectan producción, tecnología, inversión, financiamiento, logística y servicios entre múltiples mercados.
El acuerdo UE-Mercosur puede proporcionar la base institucional para multiplicar esos ecosistemas a ambos lados del Atlántico. Un proyecto minero o energético en Argentina, por ejemplo, puede combinar capital y tecnología europeos, proveedores argentinos, servicios digitales, energías renovables, logística internacional y compradores distribuidos en distintos países. La agroindustria y la economía del conocimiento pueden generar redes similares.
Allí podría encontrarse el verdadero impacto de largo plazo del acuerdo. Si las empresas comienzan a desarrollar redes integradas de producción e inversión entre Europa y América del Sur, la relación dejará de limitarse al intercambio convencional de productos para avanzar hacia una integración económica mucho más estratégica.
Persisten obstáculos estructurales. Argentina todavía necesita consolidar la estabilidad macroeconómica, fortalecer la previsibilidad institucional, ampliar el financiamiento y reducir costos regulatorios. Las empresas latinoamericanas, por su parte, deberán adaptarse a un mercado europeo cada vez más exigente, mientras los inversores europeos tendrán que gestionar los riesgos y oportunidades propios de economías que continúan mostrando mayor volatilidad que sus destinos tradicionales.
Aun así, Elizondo observa condiciones para el comienzo de un nuevo ciclo. Después de más de un cuarto de siglo de negociaciones, el acuerdo UE-Mercosur puede convertirse en un catalizador de una relación económica mucho más profunda entre Europa y América Latina, donde la inversión europea contribuya a ampliar la capacidad productiva sudamericana, las empresas regionales accedan a uno de los mayores mercados de consumidores de altos ingresos del mundo y ambas regiones diversifiquen sus relaciones frente a la fragmentación de la economía global.
Para el Mercosur, el cambio podría ser todavía más significativo. El bloque tiene la posibilidad de evolucionar desde una estructura históricamente orientada hacia su propio mercado hacia una plataforma conectada con las redes internacionales de comercio, producción e inversión.
Y para Argentina, la cuestión central ya no pasa únicamente por si Europa abre su mercado. El verdadero desafío será construir la competitividad, la capacidad productiva y el clima de inversión necesarios para aprovechar esa apertura.



